La Coruña, 1936, Recordando a Juana Capdevielle

Juana Capdevielle

Licenciada en Filosofía y Letras y esposa del Gobernador Civil de La Coruña, Pérez Carballo con quien había contraído matrimonio poco tiempo antes de ser designado para ese cargo por el Gobierno del Frente Popular. Asesinado el 28 de julio su esposo, fue días después detenida, puesta en libertad, posteriormente otra vez fue detenida, y a la noche siguiente, el 18 de agosto, fue asesinada en Rabadé, Lugo.
Nota: Cabanellas no dice aquí, en este flagrante caso de bestialidad falangista, que una escuadra de estos desalmados, violaron a Juana, a pesar de estar embarazada, y que la dejaron tirada en medio de la calle, ya muerta, para espanto de todos los vecinos del pueblo. Descansa en paz, Juana, pero tus asesinos murieron en la cama cargados de medallas, riquezas y crímenes, y tú, republicana, bella, culta, y llena de futuro, fuiste cobardemente asesinada por hombres de uniforme, paisanos tuyos, que te conocían, y que decían alzarse por el pan y la justicia. Pues hasta el día de hoy, querida Juana, nadie te hizo justicia.

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  1. 1936. Unha cuneta preto de Rábade. Unha muller ametrallada. Era Juana Capdevielle, unha intelectual republicana casada co gobernador civil da Coruña que foi ‘paseada’ fai mañá 70 anos. A escritora e profesora Carme Blanco recupera a súa figura co obxectivo de "dignficala" tras participar onte nunha mesa redonda sobre A muller como vítima do franquismo, dentro das actividades que desenvolve o Barco da Memoria na Coruña.
    Porque as mulleres tamén foron represaliadas e esquecidas, Blanco, que tamén é secretaria da Asociación para a dignificación das vítimas do franquismo, prestoulle especial atención a Capdevielle ó darse conta de que non "fora asasinada casualmente senón polo seu importante significado".
    "Foi unha bibliotecaria e intelectual republicana que participou de forma moi activa na alta cultura republicana" xunto a Ortega Gasset e María Zambrano, afirma a profesora. Ademais preparaba de forma altruísta "bibliotecas de hospital" e participou nas Primeiras Xornadas Euxénicas Españolas de Xenética, Euxenesia e Pedagoxía Sexual, xunto a Roberto Nóvoa Santos, Pío Baroja, Ramón J. Sender ou Hildegart. Na súa intervención, que versou sobre o problema do amor no ambiente universitario, mostrou "unha concepción innovadora do amor contradicindo a misoxinia de Nóvoa Santos" baseada "na liberdade, na igualdade dos sexos e na responsabilidade sobre os fillos tanto por parte do home como da muller" subliña Blanco.
    Tras casar polo civil en Madrid con Francisco Pérez Carballo, político de Izquierda Republicana recentemente nomeado gobernador civil da Coruña, trasládanse a Galicia. Cando ten lugar o levantamento militar, ela, debido ao seu embarazo, refúxiase na casa dos López Abente, onde a manteñen incomunicada co exterior. Tras ser asasinado o seu home e descoñecendo o feito chama ó goberno civil, onde enganada dá o seu enderezo. Así foi detida e encarcerada na Coruña. Posta en liberdade, foi recollida en Vilaboa (Culleredo), na casa do deputado de Izquierda Republicana Vitorino Veiga. Aí recibiu o 18 de agosto a orde de deportación que non lle deu tempo a cumprir, pois esa mesma noite foi buscala a Garda Civil e á mañá seguinte apareceu o seu cadáver no Km 526 da estrada Madrid-A Coruña, no Monte da Gándara, ás aforas de Rábade. Alí foi soterrada e dende ese día e sobre a súa tumba nunca faltan flores.
    Aínda son moitos os misterios que seguen rodeando a súa morte,pero Carme Blanco quixo centrarse máis na súa "brillantez intelectual" e, tras moitos anos traballando sobre a súa figura, levou a cabo numerosas reivindicacións como socilitar que unha rúa da cidade da Coruña leve o seu nome e "conseguimos un parque co seu nome e cunha escultura e un poema en Rábade" na súa honra, afirma a autora. Para o próximo número da revista Unión Libre que dirixe xunto a Claudio Rodríguez Fer, están preparando o especial Vermellas, no que lembrarán ás mulleres represaliadas.
    feminina da represión
  2. SETENTA AÑOS DE LA TRAGEDIA DE 1936
    La amputación de la ciudad liberal
    La mitad de los más altos mandos militares fusilados en España en 1936 por no sumarse al golpe y ser leales a la República fueron ejecutados en A Coruña: dos generales y un contraalmirante.
    SANTIAGO ROMERO


    En Amsterdam se conserva un ejemplar original de Brazo y cerebro -hebdomario coruñés de tendencia anarquista- publicado el 15 de julio de 1936. El escritor Manuel Rivas recuerda su contenido en el emocionante prólogo de Memoria de ferro, el testamento poético de Antón Patiño Regueira, uno de los libreros de mayor prestigio en Galicia, testigo de primera mano de la violenta represión militar en A Coruña. En un rincón de la portada, luce un alegre reclamo: se anuncia la extraordinaria excursión en tren a
    Os Caneiros de Betanzos. Se hablará de las escuelas racionalistas, de la universidad proletaria y del problema agrario en Galicia. Después habrá bufé y baile amenizado por una orquesta. La gira será el 2 de agosto -por tres pesetas ida y vuelta, barca incluida- y está organizada por los ateneos coruñeses y betanceiros, entre ellos el mítico centro de estudios Germinal, con una de las mejores bibliotecas de Galicia, que acabaría quemada en un auto de fe falangista en la Dársena. "La gira no llegó a celebrarse -escribe Rivas-. Saldrían otros trenes fatídicos, pero no aquel tren especial".
    Un lúgubre ulular de sirenas portuarias dio la primera alarma del golpe en la noche coruñesa del sábado, 18 de julio, sobre la sublevación militar iniciada 24 horas antes en las colonias africanas, que se extenderá violentamente a varias ciudades de la península durante el fin de semana. Era la señal convenida en una asamblea de la CNT
    -sindicato mayoritario en una ciudad de 90.000 habitantes con 15.000 afiliados anarquistas- celebrada el día anterior en la plaza de toros para que los ciudadanos acudiesen al Gobierno Civil a defender la República. Las calles se convierten en un hervidero de simpatizantes del Frente Popular -la coalición republicana y de izquierdas triunfante en las elecciones de febrero de 1936- que demandan información y consignas gubernativas para oponerse a la asonada militar.
    El gobernador civil de A Coruña, el joven abogado madrileño Francisco Pérez Carballo, pone en marcha un Comité de Defensa de la República en el que están representadas las principales fuerzas políticas y sindicales de la ciudad. (La mayoría acabarán en los días siguientes fusilados o asesinados por los llamados paseadores).
    Los marineros de los barcos fondeados en actitud vigilante en el puerto - centro neurálgico de la ciudad- portan sacos terreros para fortificar el Gobierno Civil y se emplazan varias ametralladoras en lugares estratégicos del edificio, el que ahora ocupa la Diputación, en Riego de Agua, en el primer piso del desaparecido Cine París, en la puerta de un estanco en la calle Bailén y en la avenida de la Marina, entonces de la República.
    Las patrullas de vigilancia, formadas por guardias de Asalto, la policía creada para contrarrestar a una Guardia Civil más proclive a la derecha antirrepublicana, y milicianos del Frente Popular, la coalición que gobernaba el país, requisan las escasas armas disponibles en armerías y domicilios de la ciudad. El dispositivo de defensa se desmonta parcialmente bien entrada la noche, al considerar que se trata de una falsa alarma.
    Las informaciones sobre el alcance del golpe de Estado son confusas y se imponen las dudas y las contradicciones sobre la actitud a tomar por las autoridades gubernativas. Los golpistas no contarán en ningún momento con el apoyo de las máximas autoridades militares coruñesas, el general de la VIII región militar Enrique Salcedo Molinuevo -un hombre conservador, pero leal- y el general de la 15ª Brigada de Infantería Rogelio Caridad Pita, de clara ideología republicana y masón, a pesar de que el primero recibe en la noche del 18 de julio un telegrama desde Sevilla de uno de los cabecillas de la sublevación, el general Queipo de Llano, conminándole a sumarse al golpe. Salcedo ofrece al gobernador Pérez Carballo la lealtad de sus tropas al Gobierno legítimo republicano "siempre que el orden en las calles se mantuviese garantizado". En las calles reinaba, sin embargo, un
    caos imposible de atajar, desatado por el pánico ante las amenazadoras noticias sobre el avance del golpe que llegaban por radio desde Madrid o Sevilla. Dirigentes sindicales y políticos republicanos recorren la ciudad buscando desesperadamente armas y registran los domicilios de personas de significación conservadora. En la noche del 18 había cesado en sus funciones el jefe del Gobierno español, el coruñés Santiago Casares Quiroga -al que se culpará históricamente más tarde de la indecisión gubernativa que impidió frenar el golpe-, que da paso a un moderado Martínez Barrio que a su vez cederá el testigo a los pocos días
    -cuando el golpe se transforma ya en una incipiente guerra civil- al gabinete dirigido por Giral.
    A mediodía del domingo, 19, hace su entrada el último expreso procedente de Madrid que arribará a la estación coruñesa en los tres años que durará la guerra. Viaja en él una de las figuras centrales y trágicas de los sucesos del 36 en A Coruña: el emergente empresario y diputado republicano moderado José Miñones, que jugará un papel clave para evitar desmanes en aquellas horas de descontrol
    -como un intento de asalto a la casa del capitán Judel en la calle Tabernas - y limará las asperezas existentes entre el gobernador civil y el general Salcedo Molinuevo. Pérez Carballo, que no acaba de confiar plenamente en el general, le corta las comunicaciones con las restantes guarniciones gallegas, algo que quizás haya jugado paradójicamente en contra de los intereses de la República en aquel momento decisivo. Miñones se encuentra con la máxima autoridad militar poco después de que Salcedo reciba una llamada del general Emilio Mola, uno de los cerebros del golpe, que desde Pamplona le exige que se sume al levantamiento. Salcedo rehusa, pero ordena el acuartelamiento de las tropas. El empresario se ofrece al jefe de la VII región militar para ayudar a preservar el orden y mediar en las tiranteces con la autoridad civil. Este ofrecimiento sería esgrimido después por los sublevados como argumento para condenarlo a muerte.
    La tensa tarde del último domingo republicano discurre en
    A Coruña sin grandes incidentes: hasta llegó a jugarse, tras varios amagos de suspensión, un partido entre Deportivo y Celta en Riazor, que se disputaban un trofeo donado por el alcalde de la ciudad, Suárez Ferrín.
    Las sirenas del puerto vuelven a romper la calma esa noche, mientras se intensifica la instalación de barricadas en el Gobierno Civil en una operación coordinada por el comandante de Asalto Manuel Quesada (que acabará fusilado por ello). A medianoche es trasladado al Gobierno Civil un alijo de dinamita que se guardaba en los bajos del Ayuntamiento para las obras del parque Joaquín Costa, el actual Santa Margarita. Las dependencias del Gobierno y las calles circundantes están tomadas por obreros armados. La Jefatura del Gobierno en Madrid, con quien el gobernador Pérez Carballo se mantiene en permanente contacto telefónico durante toda la jornada, insiste en que la situación está bajo control. La realidad lo desmentirá drásticamente apenas unas horas después: a las cinco de la madrugada, Pérez Carballo intercepta un telegrama de los militares sublevados en los que fijan la salida a la calle en A Coruña para las 14.00 horas del lunes. Se lo comunica a los otros gobernadores gallegos y acuerdan convocar una huelga general de Galicia para las 7 de la mañana. Dos horas después, desisten. Saben que todo está perdido. Los cuatro gobernadores, cada uno por su lado, intentan contactar en última instancia con los generales Salcedo y Caridad. Ya no será posible.
    A mediodía del lunes 20, los dos generales leales son arrestados por sus subordinados y los militares sublevados salen finalmente a la calle. Ambos militares pagarán con su vida la lealtad a la República (serían fusilados juntos el 9 de noviembre en Serantes) Uno
    -Caridad Pita- morirá dando vivas a la República; el otro, a Cristo Rey. Es poco conocido -constata el historiador Carlos Velasco Souto- el dato de que la mitad de los más altos mandos militares condenados a muerte en España por los golpistas por no sumarse a la rebelión fueron ejecutados en la provincia coruñesa: los ya citados generales Salcedo y Caridad y el contraalmirante Antonio Azarola, jefe del arsenal de Ferrol.
    A las 14.30, las tropas de los cuarteles de Infantería y Artillería, apoyadas por la Guardia Civil, proclaman el estado de guerra en un bando leído en la plaza de María Pita. La proclama golpista suspende las garantías constitucionales, depone en sus cargos a todas las autoridades legales, amenaza con el fusilamiento a los huelguistas, instaura la censura de prensa y concluye con una tajante advertencia del firmante, coronel Cánovas Lacruz: "Quien no lo secunde, será mi enemigo y será tratado como tal". En poco tiempo son ocupados los edificios de Telefónica y Correos, en medio de un esporádico fuego cruzado de algunos resistentes que disparan desde la Fábrica de Tabacos, la terraza del Banco Pastor y otros edificios emblemáticos. Pérez Carballo -al contrario que los responsables en otras provincias gallegas- se niega a rendir el Gobierno Civil a los sediciosos, pero, amparado apenas por una pequeña compañía de guardias de Asalto y voluntarios, nada puede hacer ante el bombardeo de una batería de artillería desde O Parrote, que destruye parte del edificio a cañonazos. A las 18,30 se iza bandera blanca y el gobernador, el alcalde y sus acompañantes se entregan a los sublevados. No son aún conscientes de la barbarie del golpe y de que les aguarda el tormento y la muerte. La esposa del gobernador, Juana Capdevielle -que pese a encontrarse embarazada algunos testigos la recordarán años después en sus memorias con más entereza que su marido -, logra escapar por una puerta lateral y se refugia en una casa amiga de la calle Real. Días más tarde, su cadáver vejado aparecería en un monte de Rábade.
    Durante años circuló el mito de que las autoridades civiles coruñesas habían ocultado a los obreros la existencia en la estación de ferrocarril de un vagón cargado con armas enviadas desde Madrid para defender la República. El historiador Luis Lamela, que ha investigado detenidamente este episodio, lo desmiente. "Nunca existió tal tren. Los gobiernos civiles no tenían armas que entregar. Tan sólo consiguieron requisar cuatro pistolas, una veintena de escopetas y algo de dinamita. Y esas armas sí fueron repartidas, ya antes de la sublevación, porque en el Gobierno Civil hubo miembros de las Juventudes Socialistas Unificadas haciendo guardia armados. Pero era un armamento inútil para enfrentarse a los militares y la Guardia Civil. Corrió también el bulo de que se esperaba un cargamento de armas para activistas de la derecha desde Portugal, desde donde supuestamente se dirigía a Galicia el general golpista Sanjurjo, deportado tras la fallida revuelta militar de 1932. Por esa razón se registraron intentos de asalto a conventos e iglesias: creían que se escondían allí. Las armas decisivas sólo las tenían los militares y los guardias civiles. La Guardia de Asalto, que dudó en los primeros momentos de que lado ponerse -aunque finalmente se decantó por los sublevados- sí facilitó al principio algunas pistolas a las autoridades civiles, pero la Guardia Civil, implicada en la trama golpista, se negó desde el principio".
    El historiador Emilio Grandío maneja una curiosa referencia del banquero Pedro Barrié en los frenéticos días del golpe. "En el edificio del Pastor se ubicaba en el último piso un depósito de armamento de los carabineros. Se dice que Barrié habría llegado a un acuerdo con los sindicatos antes del golpe para que la puerta de ese depósito no se cerrase, que permaneciera abierta pero vigilada". Emilio Grandío considera que Barrié, por las necesarias relaciones económicas del banco con las élites republicanas y los sindicatos
    -muy activos e influyentes tras el triunfo del Frente Popular- no era en ese momento proclive a la conspiración golpista, "aunque
    está claro que después será uno de los sostenes financieros del régimen".
    El movimiento obrero coruñés responderá con una huelga general que paraliza la ciudad y se organizan conatos de resistencia armada con un escaso y poco efectivo arsenal, que poco a poco se van replegando hacia los barrios más populares como Santa Lucía, Gaiteira, Monelos, Os Castros y Santa Margarita en un intento desesperado de frenar lo inevitable. Cuando el día 21 llegan mineros de varias localidades gallegas en ayuda de los resistentes, los sublevados controlan los centros neurálgicos de la ciudad y las salidas por mar, bloqueadas por el crucero Almirante Cervera, procedente de la base naval de Ferrol, que ha caído contra todo pronóstico en manos de los rebeldes. El desafío a los insurgentes aún se mantendrá unos días -hasta el 24- lo que obligará a los militares alzados a promulgar un segundo bando de guerra en el que se da un plazo de 24 horas a los huelguistas para que se reintegren a sus puestos. La persistencia del paro a pesar de las amenazas causará la ejecución inmediata de varios dirigentes sindicales. El enfrentamiento deja 34 cadáveres en las calles coruñesas -según los datos registrados por el historiador Luis Lamela-; la inmensa mayoría -31- del lado republicano. Las víctimas relacionadas con los insurgentes fueron el magistrado Policarpo Fernández, asesinado por un grupo de obreros incontrolados en el vestíbulo del desaparecido Hotel Europa, ubicado en San Andrés; el cabo Santiago Gómez, del destacamento de artillería que disparó sus baterías contra el Gobierno Civil desde O Parrote y el guardia Antonio García, muerto accidentalmente por disparos de su propia arma en las inmediaciones del Banco Pastor. Una cuarta víctima rebelde, el teniente de Asalto Manuel Valcárcel, habría muerto el 24 de julio también por un disparo fortuito. Lamela se hace eco de versiones
    no oficiales que "hablan de un
    posible suicidio de este teniente tras haber mandado el pelotón
    que fusiló a sus jefes, los oficiales Quesada del Pino y Gonzalo Tejero -leales a la República-,
    junto con el gobernador Civil,
    Pérez Carballo". La autopsia oficial registra como causa de la muerte la destrucción de la bóveda craneana.
    El bajo coste humano pagado por los golpistas -tres víctimas, una accidental- no permitía presagiar la sanguinaria marea de represión que se abatirá sobre la ciudad tras el triunfo de la rebelión y que se cobrará la vida de centenares de coruñeses mediante consejos de guerra o asesinatos, los llamados paseos.
    Las directrices enviadas por el general Mola a los sublevados en los días previos previos al golpe
    -"la acción debe ser en extremo violenta"- serán seguidas al pie de la letra en los días y meses posteriores al golpe. El 25 de julio comenzarán los fusilamientos en el tristemente célebre Campo da Rata que alberga en la actualidad un monumento de Isaac Díaz Pardo -su padre, el artista Camilo
    Díaz, fue paseado en Santiago- en homenaje a las víctimas.
    Las condenas de muerte conllevaban además desmedidas sanciones económicas imposibles de satisfacer que representaban la ruina absoluta para las familias represaliadas (el grupo fusilado el 31 de agosto con el último alcalde republicano, Suárez Ferrín, fue obligado al pago mancomunado de tres millones de pesetas de la época, cuyo valor actualizado superaría hoy los dos millones de euros).
    La ciudad amputada por el golpe es, en los años 30, una de las urbes más pujantes, ilustradas y progresistas de España, con unos índices sociales y económicos que no se recuperarán hasta más de dos décadas después, al filo de los 60. Las élites republicanas, de tendencia social reformista, dominan por completo el espacio político e institucional, frente a una escasa presencia conservadora y un fuerte movimiento obrero muy activo y organizado. A Coruña -cuna de la Academia y las Irmandades da Fala- es además el epicentro del galleguismo cultural y político que promoverá el Estatuto de Autonomía en 1936. Una galaxia de sociedades, ateneos y centros de estudio -desde el Casino Republicano cuyos líderes se proyectarán a la alta política española al anarquista Resplandor en el Abismo- conforman una ciudad efervescente. Ese tejido será traumáticamente extirpado del cuerpo social coruñés -mediante la cárcel,
    el pelotón de fusilamiento, los paseos, la ruina, la depuración o el exilio- dando paso a una sombría sociedad atenazada por la sospecha en la que hasta el poderoso Barrié de la Maza será investigado por supuesta pertenencia a una logia masónica, desvela el historiador Carlos Velasco.
    El ocaso de la Coruña liberal está simbólicamente reflejado en una de las primeras medidas del régimen militar: el cambio de denominación de la calle Libertad por Disciplina. Una perversa moralidad se asentará en la ciudad: al tiempo que un bando del alcalde militar provisional anuncia la erradicación de la blasfemia entre los coruñeses, los ciudadanos son invitados a asistir al espantoso espectáculo del fusilamiento público de ocho jóvenes soldados acusados de complot contra sus mandos sublevados. La ejecución se celebró el 23 de octubre de 1936 a plena luz del día, "con palco engalanado para las autoridades, banda de música y aplausos de los asistentes", según refiere Luis Lamela.
    Han pasado 70 años y las heridas han cicatrizado. Es el momento de devolver a quienes lo perdieron todo la justicia del recuerdo. No hay ánimo de revancha en ello, sino la conveniencia de extraer del pasado las lecciones del futuro. Elegimos como espíritu de reencuentro para una ciudad renacida las últimas palabras de un hombre que con sólo 31 años encarnaba en 1936 el futuro prometedor de la ciudad: poseedor de un banco, empresas de automoción y eléctricas -como la Electra Popular Coruñesa que acabará absorbida por la Fábrica de Gas y Electricidad de Barrié para fundar Fenosa-, pero también de una conciencia social avanzada que soñaba en aquellos convulsos años con una próspera sociedad como la que hoy tenemos. El empresario y republicano coruñés José Miñones dejó a sus familiares -con el pañuelo empapado en la sangre de su fusilamiento- una carta escrita en sus últimos momentos, tras ver como iban ejecutando a tantos que compartieron celda con él durante cuatro meses de calvario: "Ahora me toca a mí, y me encuentro quizás más sereno que cuando vi la desgracia de los demás a mi mismo lado. Adiós, a nadie hice daño y todo se ha conjurado contra mí. ¡Dios perdone a los que han hecho tanto mal!"
  3. 07/12/2006
    El colectivo, Imágenes contra el olvido, formado por 19 directores de distintas nacionalidades para la recuperación de la memoria histórica, revela en una colección de diez documentales “lo que nunca se contó del franquismo”. Su publicación se une a otras actividades paralelas de esta agrupación en 15 ciudades españolas, además de Viena, Salzburgo, París o Nueva York y que en 2007 se extenderán por Argentina, Cuba y Filipinas. Su objetivo es “invitar a la sociedad española a dialogar y reflexionar abiertamente y sin miedo sobre su pasado reciente”. elplural.com ha charlado con uno de los padrinos de este proyecto, el presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, ARMH, Emilio Silva.
    -Cada vez vamos conociendo más cosas de nuestro pasado reciente. ¿Qué aportan estos documentales?
    Yo he vivido el nacimiento de este ciclo, tanto porque algunos de los documentales que forman parte de él tienen que ver con las fosas comunes que nosotros exhumamos, como porque otros directores, aunque hayan tocado otros temas, se han puesto en contacto con la ARMH, pidiendo ayuda y buscando testimonios. Para nosotros ha sido una gran herramienta de trabajo. Cuando en algún pueblo realizamos una exhumación, proyectamos nuestros documentales para darle a la gente una visión general de lo que fue la represión franquista y las consecuencias que tuvo.
    -¿Podremos verlos algún día en televisión?
    Ninguno de los documentales ha pasado por una televisión, lo cual nos ha parecido siempre vergonzoso, porque son documentales de muy buena calidad, que tocan diferentes historias y sería muy interesante que se emitieran por una televisión generalista para que lo pudiera ver mucha gente. Pero todavía se considera que es un tema delicado. Yo creo que precisamente la política se debe hacer donde están los temas delicados. La televisión pública debería hacer un hueco para este tipo de películas.
    -En este proyecto han participado directores suecos, suizos y norteamericanos. La pasada semana el Congreso Internacional sobre la Guerra Civil homenajeó a hispanistas eméritos. ¿Porqué cree que esta contienda suscita tanto interés fuera de España?
    La guerra civil es uno de los acontecimientos más publicados y que cuenta con más bibliografía del mundo. Fue uno de esos momentos de la historia paradigmáticos, de los que concentran el alma de toda la humanidad, representó el inicio de los movimientos fascistas y la respuesta que se podía dar a ellos. Uno de los directores, Günter Schwaiger, que es austriaco, contaba que él cuando empezó a crecer preguntó a sus padres que porqué no habían luchado contra el nazismo y ellos le contestaron que entonces no se podía hacer nada. Cuando él empezó a ver cosas sobre la Guerra Civil española, pues los españoles le parecieron héroes que habían luchado contra el fascismo. Fuera de España yo creo que hay una visión mucho más real de lo que fue la guerra y la dictadura.
    -Este mismo interés que menciona contrasta con las voces que dentro de España dicen que se están despertando a los fantasmas del pasado.
    Eso es como si tuviéramos una especie de predestinación al cainismo y como decir que si discutimos vamos a terminar arrancándonos los ojos. Es un discurso que tiene un interés político, de que la cosa se quede como está. Y ese silencio y ese desconocimiento beneficia a un sector de la población española que es el del posfranquismo sociológico. A nosotros nos acusan de reabrir heridas, pero cuando la Conferencia Episcopal canoniza a un mártir esa misma gente no dice que están dividiendo a España y abriendo heridas. Es un discurso que manifiesta una doble moral, que se utiliza para parecer lo que uno no es..